Esperanza

No sé que día era, probablemente un fin de semana. Los días anteriores había llovido bastante y este día nos había dejado un poco de tregua. Aún quedaba alguna nube, pero había más azul que gris.

Era un típico día primaveral, allí donde tocaba el sol sentías calor, y a la sombra, frío.

Salimos mis perros y yo a pasear, aprovechando el buen tiempo. Llevaba días pensando que los peques estaban más adorables que nunca y en este paseo no fue una excepción.

Salieron con muchas ganas de pasear y muy contentos. Iban al trote, casi saltando de la alegría. Oliendo aquí y allá. Saludando a cualquiera que pasase por su lado. Bel rebuscando alguna miga de pan que pudiera comerse, Born no dejaba rincón por oler. Bel revolcándose por el suelo, Born pidiendo mimitos, y yo embobada mirándolos y achuchándolos en cuanto podía.

No teníamos prisa, así que dimos un paseo algo más largo de lo normal. El sol calentaba sin llegar a quemar y las lluvias habían limpiado el aire y se notaba más fresco.

Al rato pasamos junto a un pequeño descampado. Mientras los peques me tiraban para seguir oliendo cosas nuevas, me percaté que en el descampado habían florecido las primeras flores de la primavera.

Eran de color naranja intenso y habían muchas. Contrastaban con el verde de la alta hierba, que era vivo también. Los pétalos estaban plenamente abiertos recogiendo toda la luz que podían.

Me quedé un rato contemplando las flores, admirando el color naranja tan intenso que tenían, como una zanahoria. Me sorprendía que esas flores tan vivas hubiesen podido crecer en ese descampado, tan dejado, y a la vez envidiaba no tener un pequeño balcón en mi piso donde pudiese tener unas flores parecidas.

Mis perros también se dieron cuenta de la presencia de las flores. Igual que yo, se quedaron los dos parados, observándolas. Nos daba el sol y sentimos calor.

Bel me hizo un gesto avisando de que debíamos continuar, así que seguimos paseando. Me fui echando la vista atrás, porque por alguna razón no podía dejar de mirar las flores.

A pesar de que llevábamos un buen rato paseando, ninguno de los tres se sentía cansado. Ellos seguían trotando y yo con ellos observándolos.

En el momento en que llegamos a la mitad del camino y comenzamos el paseo de vuelta, empezaron a caer algunas gotas de lluvia. Ya no daba el sol, y el cielo amenazaba tormenta. Ellos se dieron cuenta de que comenzaba a llover, aunque poco, y me miraron para avisarme. Les dije que el paseo se acabó y que había que volver a casa lo más pronto posible, antes de que nos cogiese la tormenta, así que comenzamos a correr.

Ellos corrían a la vez que saltaban de alegría y yo corría con ellos sin poder dejar de mirarlos y riéndome. Pasó un autobús lleno de gente que nos observaba. Sus caras eran serias y grises. Me paré y me quedé mirando el autobús pasar, bajo la lluvia.

Cuando se fue, miré a mis perros que estaban parados mirándome fijamente esperando a que siguiésemos el camino a casa; yo respiraba lenta pero intensamente y notaba como el pecho se me llenaba de aire. La lluvia seguía cayendo. Noté que en mi cara había una gran sonrisa, tan grande que abría la boca. Entonces me di cuenta.

Me sentía feliz.

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