¿Quien es esa persona que me mira desde el espejo?

Creo que todo el mundo en algún momento de su vida ha tenido la conversación con algún familiar, amigo o colega, en la que uno comenta después de un viaje que el camino de vuelta se le ha hecho más corto que el de ida. Creo que es una sensación común en todos nosotros y que todos lo hemos experimentado alguna vez, o como mínimo alguna vez hemos sido conscientes de que el trayecto de vuelta era mucho más rápido.

Es algo curioso, incluso en trayectos que tienen la misma ruta y los mismos quilómetros, notaremos que volvemos mucho más rápido de lo que hemos ido.

Es un tema del que incluso se han hecho estudios para determinar el porqué de esa sensación, aunque no se llega a una solución única sino que se cree que pueden haber múltiples causas que nos hagan sentir así.

Lo más lógico es pensar que la vuelta se nos hace más corta porque volvemos a casa, a lo conocido. Incluso si hemos hecho un viaje de placer a un lugar que nos maravilla y nos lo pasamos en grande, siempre llegará el momento de la vuelta a casa, a reencontrarnos con nuestras cosas, nuestra casa, nuestros muebles, nuestro sofá, nuestra comida, nuestra cama… Los viajes son divertidos porque siempre se vuelve a casa. Al hogar.

A mí me pasa al revés. Los viajes de ida se me hacen más rápidos que los de vuelta.

No viajo mucho, de hecho hace mucho tiempo que no viajo, pero lo noto en los desplazamientos cotidianos, cuando voy a trabajar, cuando voy a hacer compras, cuando tengo que ir a hacer recados, cuando paseo a los perros…

El trayecto en el que soy más consciente de ello es el del trabajo. Lo he calculado, tardo exactamente lo mismo de ida que de vuelta, sin embargo, el trayecto de ida se me pasa en un abrir y cerrar de ojos, en cambio el de vuelta se me hace eterno.

¿Entonces significa esto que para mí los sitios a los que voy es ‘casa’ y cuando vuelvo estoy en otro sitio? Quizá sea así.

¿Qué es lo que convierte nuestra casa en un hogar?  Quizá la única diferencia es que están nuestras cosas. Tenemos los muebles que hemos elegido nosotros mismos, los que nos gustaron cuando fuimos a comprarlos, está lleno de nuestros utensilios: mi vajilla, mis vasos y cubiertos, mis cuadros, mis toallas, mi ropa, mis cortinas, mis sábanas, mis champús… Lo decoramos con lámparas, alfombras, cojines, esculturas, tapices, plantas… y hacemos el espacio nuestro.

¿Qué tienen en común todas estas cosas? Que lo hemos elegido nosotros. Eliges la casa que te gusta y que se adapta a tus necesidades y posibilidades. Compras los muebles que te gustan porque de alguna manera reflejan tu personalidad. Lo mismo con los utensilios. Hay mil tipos de vajillas, vasos y cubiertos, pero escoges un tipo determinado porque se adapta a lo que tú necesitas. Compras las sábanas que te gustan, las toallas que quieres, la comida que quieres comer. Decoras el piso en función del uso que le des y de tu manera de ser. Así pues, tu hogar es un reflejo de ti mismo.

Lo mío no es ninguna excepción. Vivo en el piso que escogí, tengo los muebles que me gustaron, tengo elementos de decoración que he elegido yo y los he colocado donde más me gustaban, me desenvuelvo perfectamente por los pocos rincones que tiene mi casa. Pero no me gusta lo que veo.

Cuando llego a casa, lo primero que hago es sentarme delante del ordenador y navego por internet. Reviso las páginas que visito habitualmente y me pongo al día de las cosas que sigo. Depende de las obligaciones que tenga estaré más o menos rato. De manera que alargo el tiempo que estoy con el ordenador en función de lo que tenga que hacer después. En el momento que veo que se me echa el tiempo encima, cierro el ordenador y hago mis obligaciones: voy a pasar a los perros, voy a comprar si tengo que ir, hago la cena, me ducho y me voy a dormir. Todo seguido y sin margen para tener un momento para estar conmigo misma.

Si por el motivo que sea un día no tengo obligaciones básicas más que ir a pasear a los perros, me quedaré vagando por internet. Llegará un punto en el que no tengo más páginas interesantes que visitar. Entonces levanto la vista del ordenador y me encuentro frente a frente con mi casa.

En ese momento, mi estado de ánimo empieza a decaer. Y va cuesta abajo y sin frenos. Mi espalda se encorva, mi mano sujeta mi cabeza que cada vez se siente más pesada, mis ojos se entrecierran. Los pensamientos negativos vuelven a mi cabeza. Quiero levantarme pero mis piernas se han convertido en cemento. Ni siquiera tengo ánimos para meterme en la cama. La casa me grita, pero soy incapaz de escucharla, me aíslo frente a la pantalla y dejo pasar las horas. Me voy a dormir.

A la mañana siguiente me despierto temprano, 7:40. Tengo tiempo suficiente para ducharme, vestirme, desayunar mientras leo las noticias, preparar los bártulos, incluso podría sacar a pasear a los perros. Pienso en estas cosas tumbada en la cama con los ojos abiertos. Podría hacer estas cosas, pero ahora todo mi cuerpo es cemento y soy incapaz de incorporarme. Son las 8:15, sólo tengo 15 minutos para vestirme, asearme, peinarme. Pego un salto de la cama y hago todo esto a máxima velocidad. Cojo los bártulos y salgo velozmente por la puerta. Cuando quiero darme cuenta, ya estoy en la oficina con el ordenador en marcha. Estoy a tope de energía. El día se me pasa muy rápido y ya es hora de marcharse. Recojo y emprendo el camino a casa. Estoy deseando llegar, pero parece que no llego nunca. Cuando por fin entro por la puerta, dejo las cosas y me siento delante del ordenador. Vuelta a empezar.

¿Por qué no soy capaz de enfrentarme a mi casa? Mi casa me intimida. Me grita para que le preste atención, pero soy incapaz de mirarle a los ojos. ¿Por qué no puedo enfrentarme a lo que soy? ¿Qué hay en mí que hace que quiera huir?

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