Culpabilidad

El otro día llegó a mis manos un artículo interesantísimo. No sabía de qué trataba hasta que comencé a leerlo y cuando me dí cuenta estaba enganchada a la historia. Os pongo el enlace al blog de quien lo escribió, pero aviso de que está en inglés así que intentaré traducir algunas partes como buenamente pueda e intentándolo adaptar al máximo. Él lo tituló Clueyness que vendría a ser algo así como Cluedeza:

Cluedeza: Una forma extraña de tristeza

Tengo una nueva palabra para vosotros. Cluedeza. Dejadme que os explique.

Mi padre me explicó una vez una anécdota sin importancia de cuando era joven. En ella aparece su padre (mi abuelo) que era una de las personas más felices y cariñosas que he conocido nunca.

Un fin de semana, mi abuelo fue a la tienda a comprar un nuevo juego de mesa para la familia, el Cluedo.

Él, emocionadísimo, preguntó a mi padre y su hermana (que en ese momento tenían 7 y 9 años) si querían jugar. Desde luego que querían. Así que se pusieron los tres en la mesa de la cocina, montaron el tablero y las piezas y leyeron las instrucciones de cómo se juega.

Justo cuando iban a empezar sonó el timbre de la puerta. Eran los hijos del vecino que acababan de salir a jugar a la calle. Sin pensárselo dos veces, mi padre y mi tía saltaron de sus sillas y se fueron a jugar con sus amigos.

Unas horas más tarde volvieron a casa. El juego ya estaba guardado en el armario.

Por aquel entonces mi padre no le dio mayor importancia, pues fue un día normal y corriente como cualquier otro. Pero tiempo más tarde, se encontró a sí mismo recordando aquel día de tanto en tanto, y siempre se sentía mal. Él se imaginaba a su padre, sentado en la mesa, solo, con el tablero y las piezas colocadas. Se imaginaba a su padre esperando a los niños durante un rato, hasta que acepta que ése no es el día en el que van a jugar, entonces recoge las piezas y las guarda en la caja junto con el tablero y las instrucciones. Cierra la caja y la guarda en el armario.

Es una historia muy normalita. La razón por la que mi padre me explicó esta anécdota fue por una conversación que tuve con él donde yo intentaba explicarle una cosa que sufro, que es que me siento increíblemente mal por ciertas personas en determinadas ocasiones; situaciones en las que la persona por la cual me siento mal muy probablemente apenas se sintió afectada en el momento de los hechos. Es como una extraña sensación de intensa compasión por alguien que realmente no sintió nada malo en ese momento.

Cuando le expliqué esto a mi padre me dijo que ya sabía de lo que estaba hablando y me explicó la historia del Cluedo. Devastador. Mi abuelo estaba excitadísimo por jugar; era tan buena persona, tan cariñoso, y acabó dejado de lado y decepcionado. Estaba sentado completamente solo, con el tablero y las piezas desperdigadas por la mesa; y al final volvió a meter las piezas en la caja porque no, ese no era el día en el que iba a jugar con sus hijos porque prefirieron jugar con sus amigos antes que con él.

Mi abuelo luchó en la segunda Guerra Mundial. Probablemente perdió a amigos. Probablemente disparó a gente, quien sabe. Pero la imagen de él, guardando las piezas silenciosamente en la caja? Eso no está bien. Y ahora, gracias a la historia que me acababa de explicar mi padre, vivo cada día perseguido por esta imagen:

cluedo1

No se trata solamente de mi padre haciéndome esto. Explicadme ahora cómo se supone que debo manejar esta pu** historia, donde el abuelo cocinó 12 hamburguesas para sus seis nietos y al final sólo se presentó uno de ellos.

De nuevo la misma situación del Cluedo. Y la historia incluye la imagen más ‘cluedil’ que te puedas imaginar: 

cluedo2

A medida que iba leyendo la historia, me imaginé a este hombre supermajo comprando todos los ingredientes, de muy buen humor por la expectativa de la reunión, luego llegando a casa y cocinando con amor cada una de las doce hamburguesas calculando el tiempo para que estuviesen listas a la hora en que habían quedado. Incluso había hecho helado casero. […] Imagínate la imagen al final de la noche, guardando cada una de las hamburguesas cuidadosamente en la nevera, de manera que cada vez que la abra para comerse una de ellas, volverá el el sentimiento de rechazo. O peor, imagínatelo tirándolas a la basura.

Lo único que me alejó del suicidio mientras leía la historia es que una de sus nietas (dios la bendiga) apareció en la casa. Por que si no…

Luego está esta otra historia de una abuela de 89 años, que se vistió de punta en blanco para hacer una presentación de los cuadros que pintaba, y adivina qué. Nadie fue. Recogió sus cuadros y se fu a casa, sintiéndose idiota. Sabes que es eso? Es Cluedeza en su máxima expresión. Especialmente el hecho de que dijese que se sintió idiota. De verdad que no necesito esto en mi vida.

[…]

La Cluedeza no sólo se aplica a la gente mayor. Hace un tiempo, unos cinco años, yo iba a salir de mi casa, estaba de muy mal humor y quería irme cuanto antes. Un mensajero estaba en la portería con un carrito lleno de paquetes. Parece que el destinatario no estaba en casa y el mensajero quería dejar los paquetes en un ‘buzón colectivo’ (de la comunidad). Al salir yo, el mensajero intentó aguantar la puerta para poder entrar, pero la puerta se cerró detrás mío antes de que él llegase. El mensajero resopló frustrado y me preguntó si le podía abrir la puerta, por favor. Yo ya estaba unos pocos metros alejado de la puerta, iba tarde, así que le dije que lo sentía mucho pero que no podía ayudarlo en ese momento y me fui. Me dio tiempo a ver su reacción ante mi negación. Tenía la expresión de una buena persona a la que todo le había salido del revés ese día. Esa instantánea de la cara de haber sido rechazado me estuvo persiguiendo todo el día; de hecho a día de hoy, cinco años después, lo sigo recordando.

 Si alguien me preguntase hoy cuál es mi mayor remordimiento tendría que mentir, pues la respuesta real sería ‘el incidente con el mensajero. Soy un monstruo’.

La Cluedeza es un fenómeno extraño. Probablemente mi abuelo se olvidó del incidente del Cluedo una hora después de que sucediese. El mensajero probablemente olvidó lo que le hice a los cinco minutos. El otro día volví a pasar por un episodio de Cluedeza con mi perro. El perro estaba super contento y con muchas ganas de jugar, a lo que yo estaba muy ocupado y lo aparté de mi lado con el pie. El perro me miró confuso y dio media vuelta hasta la otra punta de la habitación y se tumbó. El dolor en mi corazón en casos como este se multiplica exponencialmente.

El hecho de saber que este sentimiento es irracional no convierte la Cluedeza menos dolorosa […]

 

La historia que explica este buen hombre me enganchó, pues me siento totalmente identificada con él. De hecho, hago balance de mi vida y me doy cuenta que cada día, casi cada acción que realizo, a cada segundo, me siento así.

La vida está compuesta por decisiones. Cada paso que das es una decisión que has tomado y siempre lleva implícito dejar de hacer otras cosas. Es inevitable. Tienes que hacer algo y para hacerlo debes dejar de hacer otras cosas. Por mi parte, no puedo dejar de pensar en las cosas que tengo que dejar de lado para hacer las otras. Esto convierte mi vida en un sentimiento de cluedeza contínuo.

Si tengo que pasear a mis perros, me siento mal porque es un tiempo que no puedo usar en fregar los platos. Si tengo que ir a visitar a mi padre al hospital, no puedo estar con mis perros y jugar con ellos, de manera que estarán tristes y solos, acurrucados en la cama esperando a que la mama llegue a casa y esté por ellos. Si tengo un compromiso ineludible, no puedo ir a ver a mi padre al hospital, y él se sentirá solo y abandonado, mirando la puerta de la habitación esperando a que yo entre por la puerta. Si quiero ducharme, hacer la cena y recoger cuatro cosas de casa, no puedo ir al hospital a ver a mi padre ni puedo estar con mis perros. Si paseo a los perros y voy a visitar a mi padre, no puedo ir a ver a mi madre, que también está enferma y sola en casa, sin apenas movilidad, triste porque le duele todo y no puede hacer nada y no sabe de mí. Si voy a ver a mi madre, no puedo ir a ver a mi padre. Si paseo a los perros, y luego veo a mi madre y luego veo a mi padre, no puedo hacer las cosas de casa, ducharme, hacer la compra, poner la lavadora, hacer la comida del día siguiente. Si estoy tan cansada que sólo quiero estar un rato sentada, no puedo hacer nada de lo anterior. Si decido hacer algo para mí misma, salir un rato, no puedo hacer nada de lo anterior. Si estoy trabajando, no puedo hacer nada de lo anterior. Si tengo unos días de fiesta, no estoy trabajando y se me acumula en trabajo y de vuelta iré de culo para sacarlo todo y ponerme al día. Si lo hago todo, no puedo dedicar tiempo a hablar con otras personas y preguntar cómo se encuentran, qué tal les ha ido el día, si tienen alguna cosa de la que quieran hablar. Si no hablo con esta gente, me siento mal porque no les estoy dedicando el tiempo y la atención que merecen y alomejor ese día necesitan hablar con alguien o que alguien les dedique un poco de tiempo.

El autor del artículo llama a esto cluedeza, por la historia del Cluedo. Es algo mucho más sencillo. Se llama culpabilidad.

La culpabilidad no sólo atañe a las decisiones que uno toma en el día a día. También se puede sentir culpabilidad por sucesos que no tienen nada que ver con nosotros mismos. Es ver el problema de los demás y sentirse culpable por no poder hacer nada por ellos.

Imagina que vas por la calle y ves un niño con un helado en la mano. Está jugando y el helado se le cae. El niño llora. Yo me siento terriblemente mal por él. De manera exagerada. El niño que hace dos segundos era feliz, ahora llora desconsoladamente porque se ha quedado sin helado. Se le ha girado el día. Alomejor tenía un día estupendo, pero de golpe se le ha ido toda la felicidad y lo que queda de día va a estar triste porque se ha quedado sin su helado favorito. Quiero darle un achuchón, decirle que no pasa nada y llevarlo de la mano hasta otro puesto de helados y regalarle otro igual. Pero no lo hago porque soy una desconocida y sería muy raro. Me voy cabizbaja mientras escucho como llora desde lejos. Siento el dolor del niño como mío propio.

Vivir con un sentimiento de culpabilidad contínuo no es vivir. Para manejarlo, empiezas a hacer todo lo posible para ayudar a los demás en la medida de tus posibilidades. Si no puedes ayudarlos te sientes mal. Llega un punto en que dedicas tu vida a estar atenta a las necesidades de los demás y te olvidas de tí mismo. Dejas de dedicarte tiempo a tí para estar por los otros. Es imposible llegar a todo, de manera que cuando no puedes ayudar físicamente a otro, lo ayudas a tu manera, que es pensando contínuamente en esa otra u otras personas. No puedo hacer nada por ti, pero estoy pensando sin parar en tí. Es un te acompaño en el sentimiento permanente.

Es tan exagerado que es imposible estar por toda la humanidad a la vez. Así que por narices tienes que recortar el campo de acción. Empiezas por dejar de sentir empatía por lo que pasa al otro lado del mundo. Que hay una catástrofe donde mueren cientos de personas? Bueno, mira estas cosas pasan. Viste el último capi de Game of thrones? Que en la otra punta del continente matan inocentes de la manera más cruel imaginable? Claro, es que están chalaos, déjalos que se maten, a mi plim. Que en tu comunidad hay más de un millón de personas que no tienen para comer? Oye, pues haber estudiao. Que en tu barrio entraron a robar a unos ancianos? Vaya tela, como están las cosas. Has visto mis nuevos zapatos? Que el vecino del primero se ha quedao en paro? Pobre hombre, seguro que encuentra algo; de todas formas no me saluda por las mañanas así que me da un poco igual. 

El círculo se va haciendo cada vez más pequeño. Llegará un punto en el que empiezas a perder amigos. Vaya tela, estoy yo aquí preocupada por esta persona, pensando continuamente en ella, y ahora va y se enfada porque estaba atendiendo a otra. Pues que le den, no la necesito. Te vas quedando sola, pero estás tan metida en tu ayuda a tu manera de los demás, que el hecho que te dejen de lado te da la sensación de libertad. Esta persona es una desagradecida; mira, mejor, así tengo más tiempo para pensar muy fuerte en los problemas de los que me quedan.

Con el tiempo el círculo desaparece. Entonces qué te queda? Pues de nuevo la culpabilidad. Debería haber estado más por tal persona, soy una mala persona, solo pienso en mí misma, soy una egoísta. Te sientes como un monstruo insensible.

Pero somos realmente culpables de todo? Por un lado sí, claro. Has dedicado tanto esfuerzo en estar por todos, que alguno realmente no lo necesitaba y has dedicado menos de lo que debieras a otros que lo necesitaban más. Por otro lado, qué hay de mí? Porqué cuando yo sí lo necesito, no hay nadie que me eche un cable?

Al final te deja todo un regusto amargo. Dedicas toda tu energía a los demás y no sientes que los demás gasten energía en tí. Las cosas que hago las hago porque he tomado la decisión y quiero estar ahí, nadie me obliga y no busco que los demás hagan lo mismo por mi. Pero me hace sentir insignificante y sin valor que cuando yo lo necesito, no me diga nadie mira, he ido al super y te he comprado un poco de comida, que sé que tienes la nevera vacía. O, tranquila, hoy me encargo yo de tus perros a cambio de que descanses un poco porque llevas unas ojeras… Otra cosa es que tú te dejes ayudar, que ahí también entra en juego la culpabilidad. No te dejas ayudar porque sientes que el otro está haciendo un esfuerzo innecesario en ti. Te sientes culpable por necesitar ayuda. Pero uno se tiene que dar cuenta que una persona sola no puede con todo y hay que dejarse ayudar cuando se necesita.

No deja de ser un problema de comunicación. No se puede gastar tanta energía en los demás. Es tan sencillo como que la gente te diga, tengo este problema y tu respondas, pues te puedo ayudar de esta manera. Y mientras la gente no pida ayuda, tu vayas preguntando periódicamente cómo están, si están bien o si necesitan algo, siempre que puedas ofrecerlo. Quien no se interesa por ti, quien no te tiende una mano no es un amigo.

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