Tú ya no eres mi amig@

Cuando tienes depresión, una de las características como yo la definiría es como una ducha de realidad. De repente lo ves todo claro. Es como si se te cayese un velo que tapaba parcialmente la realidad.

¿Recordáis lo que hacía Sara Montiel cuando salía por la tele? ¿Conocéis el viejo truco de la media? Sara Montiel cuando salía por televisión, hace años, no en sus últimos años de vida, ponía la condición de que para salir por la tele el objetivo de la cámara debía estar cubierto con una media de color ‘carne’, como las que llevan los ladrones de bancos de los cómics o de aquellas viejas comedias para que no sean identificados.

Al cubrir el objetivo con la media, el espectador veía perfectamente lo que se emitía, pero la imagen quedaba ligeramente borrosa, dando un halo cálido a la imagen. El objetivo era que de esta manera no podías apreciar realmente la piel de Sara. Al enfocarla con la media, su piel quedaba libre de arrugas, y uniforme de color, además de darle un halo cálido y sensual, como a ella le gustaba mostrarse.

Viene a ser un poco lo mismo, de alguna manera u otra todos vamos con una media en los ojos que nos deforma ligeramente (o mucho en según qué casos) la realidad de lo que tenemos delante. Digamos que aligera la dureza de lo que nos rodea.

Cuando llega la depresión la media desaparece. Y vemos la realidad casi tal cual es. Nos damos cuenta de que en realidad no somos tan guapos y que el maquillaje que te has puesto para disimular imperfecciones en realidad no te arregla del todo. Esa ropa que cuidadosamente escogiste porque potenciaba tus virtudes y disimulaba tus defectos, no lo disimulaba del todo, puedes ver perfectamente que te sobran quilos.

Esa madre se ha dado cuenta que realmente no le gusta tanto como debiera la maternidad y cree que quizá ha cometido un error y ha hipotecado su vida.

Esa persona que aceptó con gusto un aumento de sueldo y responsabilidades se da cuenta de que no le compensa el esfuerzo que le supone mantenerse en esa tesitura y que era más feliz con un poco menos de sueldo y menos carga.

Esas personas que considerabas tus amigos, porque te conocen y habláis a menudo de vuestros problemas personales, dándoos consejos los unos a los otros y apoyando la mano en el hombro del otro os decís que si necesitas cualquier cosa, que cuentes con ellos.

Un día te das cuenta que hubo un momento en tu vida que los necesitaste, te dieron unas friegas en el brazo de ánimos, pero no te miraban directamente a los ojos y te decían, si necesitas cualquier cosa… pero tu acababas de decir lo que necesitabas, y no hubo la respuesta de ‘de esto me encargo yo’.

Aquellos a los que les contabas tus penas (y tampoco demasiado a fondo), mostraban signos de incomodidad. Cuando su incomodidad te incomodaba a ti, dejabas de hablar del tema y veías como se relajaban y cambiaban de ‘topic’.

Los que no preguntan, los que esperan su turno de palabra para explicar ‘su caso’, en lugar de hacer una escucha activa y dejar que la otra persona descargue lo que lleva dentro.

Los que no se ponen en contacto durante semanas aunque no estén haciendo nada.

Los que sí preguntan, pero para cumplir con el contrato social de hacer ver que te interesa lo del prójimo.

Un día la media se cae y te das cuenta de que los has definido mal. No son tus amigos.

La diferencia hoy, es que tampoco te importa demasiado.

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