¿De qué tienes miedo?

No me considero escritora, no lo soy. Carezco de todo aquello que compone a un escritor. Soy poco leída y lo digo con la mayor vergüenza del mundo, tengo un vocabulario limitado, no desarrollo las ideas lo suficiente, sólo superficialmente, no consigo profundizarlas porque carezco de experiencia, de visión crítica y aséptica.. en fin, que no lo soy. Ni siquiera me dedico a escribir en mis ratos muertos.

Pero sí es verdad que llevo conmigo casi siempre una libreta donde voy apuntando cosas, cualquier cosa, desde tomar nota de un teléfono hasta desahogarme respecto a un sentimiento que pueda tener en ese momento. A veces me desahogo en lo primero que me encuentro y puedes encontrarme descargando mi ira en un trozo de papel reutilizado que acabará en la trituradora o en mi agenda de trabajo, que parece más un diario que otra cosa.

De alguna manera la escritura ha estado conmigo la mayor parte de mi vida, siempre sin pretensiones más que un desahogo o un pasatiempo. Este blog no deja de ser otra forma en la que esto se representa. Digamos que durante el día salto de agenda a libreta a blog o a post-it.

No sé si mi hermano se percató de esto o si simplemente fue una casualidad pero hace unos años, cuatro o cinco, mi hermano me regaló en unas navidades una libreta. Es una libreta preciosa, de tamaño A5 aproximadamente. Las cubiertas son gruesas y duras y están decoradas con unos dibujos que recuerdan textiles de la época colonial francesa. No sé cuántas páginas tiene, debe tener unas 80, más o menos. Encontré por internet una imagen de la libreta, la mía es exactamente igual:

libreta

No es mi intención copiar lo que escribo en la libreta en este blog, pero voy a copiar la primera entrada, porque sí:

“Estoy cabreada pero todavía no sé con quién.

Por fin estreno esta libreta maravillosa 🙂 Me la regaló mi hermano en unas Navidades de hace ya algunos años. Aún no la había usado porque quería darle un buen uso. Pensé que una libreta tan bonita no debería ser desperdiciada con mala letra, alguna que otra falta de ortografía y con historias insulsas que no llevan a nada. Pensé que algún día sería un buen momento para contar una historia. Podría darse el caso de que pasase algo malo y quisiera dejar constancia de ese momento de dolor y transición; o por el contrario, podría comenzar a escribir en un punto de inflexión en mi vida que diese comienzo a una etapa aún por descubrir.

Y así han pasado los años. He pasado por momentos malos y de transición que hubiesen requerido, o mejor dicho, que hubiesen sido dignos de pasar a tinta sólo por la higiene mental que procura, pero no lo hice. Tampoco en los buenos momentos, que han sido pocos, pero han sido y también se merecen su momento de huella en mi pequeña e insignificante historia. Al fin y al cabo ¿qué más da el contenido de esta libreta y nadie más que yo va a ojearla?

Quizá mi intención era crear con mis manos y mi cabeza algo bello. Algo no sólo digno de leer sino también de disfrutar sólo mirando, sin leer, los dibujos que va dejando el bolígrafo sobre éste papel crema. Apreciando la belleza de las formas de las letras, la calidad y la densidad de la tinta empleada…

Después de mucho tiempo llegué a la conclusión de que nunca iba a ser suficiente para mí. Nunca llegaré a crear o explicar una historia lo suficientemente bella y entretenida. Nunca llegaré a crear una caligrafía excelsa. No tengo una pluma digna de esta libreta. Lo que sí tengo es una voz, tan válida como las voces de los que me rodean, con los mismos fallos y virtudes. Al fin y al cabo, la libreta no deja de ser un espejo donde se refleja el autor, así que bien podría ser que la “bella historia” y la “letra magnífica y excelsa” sólo fuesen una excusa o autoengaño para no verme reflejada en el espejo y darme cuenta de que no soy bella, de que no tengo nada que decir, no tengo ningún legado que dejar al mundo ni ninguna lección a enseñar.

Bueno, ¿pues qué entonces? ¿Debería en este caso autocensurarme y obligarme a cerrar la boca o atarme las manos? Creo que para mí llegó, o más bien finalizó el tiempo de estar callada. No tengo nada que perder y mucho a ganar. Empieza a no darme miedo el mirarme al espejo y verme como realmente soy. Conozco bien mis defectos y ya es hora de gozar de mis virtudes también. Empieza una etapa más limpia, más cristalina, más real, donde nada es perfecto y donde siempre hay dos caras de la misma moneda.

Se suele decir que de perdidos al río y yo ya me he cansado de lo conocido. Tengo la mitad del trabajo hecho, que es el conocimiento consciente. Ahora sólo me falta la otra mitad que es hacerlo. Veremos si soy capaz de llevarlo a cabo. Por lo menos sé qué significa no llevarlo a cabo, que es volver a lo anterior, a lo conocido. De lo que llevo huyendo, o intentando huir, gran parte de mi vida.

¿De qué tienes miedo?

Barcelona, 17 de noviembre de 2016″

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